LOS ANGELES QUE ATIENDEN EN LA CASA HOGAR SANTA INES

En las pequeñas calles de adoquín, rodeadas por los árboles y casas coloniales de la Villa Coyoacán, se hubica la Casa Hogar Santa Inés, Hogar para Niñas. Es bonito acá, con la casa (y ahora museo) de la artista mexicana celebrada Frida Kahlo aquí cerca.

Logramos manejar el ocupado pero organizado tráfico mañanero de la Ciudad de México, hasta llegar a la escuela y su gigantesca puerta, que nos abre en que llegamos. Es difícil manejar las calles de esta vecindad. Las calles son tan estrechas que es difícil pasar hasta para un sólo carro, y los peatones tienen que mantenerse en una muy pequeña parte de la cera para poder pasar. Nos asombra el inmaculadamente mantenido patio de la escuela. Santa Inés parece ser un lugar pequeño al principio, pero pronto me doy cuenta de que extiende más allá de lo que puedo ver en este momento. Detrás de los edificios a la vista, los cuales contienen dormitorios y oficinas para las Hermanas, están unos dormitorios grandes que alojan hasta 40 chicas en total.

La Hermana Flor nos saluda. Ella antes trabajaba en una iglesia en una comunidad mayormente hispana en Fort Worth, Texas antes de que su Orden le asignó este trabajo. Por los últimos tres meses, ella ha estado manejando el hogar, que consta de 32 niñas y cinco Hermanas, y nos sentamos para hablar acerca del programa con ella. Es difícil no seguir buscando una pista de la llegada de las chicas – ¡siempre estamos tan ansiosos por conocerlas! – pero están en la escuela en este momento. Esperamos con ansias que las más jóvenes lleguen (las estudiantes mayores asisten escuelas privadas, y podrían estar en la escuela tan tarde como las 6:00 p.m.).

Un refugio para pequeñas

Children Incorporated, la Hermana Flor nos dice, ayuda con víveres escolares, ropa, zapatos y uniformes para la escuela. Con apoyo gubernamental para solamente ocho niñas en este momento, Santa Inés depende mucho en apoyo financiero de iglesias, donantes individuales y donaciones de bienes y servicios de la comunidad. Las chichas a veces se quedan con las Hermanas, porque a sus familias les cuesta demasiado apoyarlas; de vez en cuando, las quitan de situaciones de abuso. Y otras veces, han sido abandonadas. Desde casi 1974, el año de la fundación de la escuela, la Casa Hogar Santa Inés ha estado funcionando en conjunto con Children Incorporated.

Muchas de ellas han experimentado trauma, siendo testigos de violencia, abuso de drogas y abuso en general – y algunas de ellas tienen dificultades por esto.

Una escuela privada cercana ofrece becas para cada niña de Santa Inés que tiene la edad apropiada para asistir. No es fácil para las chicas, quienes son tan jóvenes como de tres años, y tan mayores como de 13 años. Muchas de ellas han experimentado trauma, siendo testigos de violencia, abuso de drogas y abuso en general – y algunas de ellas tienen dificultades por esto. Un sicólogo visita una vez a

la semana, pero la Hermana Flor a menudo recibe llamadas de la escuela diciendo que las estudiantes se han comportado mal, porque otras se han bromeado de ellas por su origen.

En un esfuerzo para proveer a estas jóvenes un lugar estable en sus vidas, la Hermana Flor y las otras Hermanas lo han determinado como prioridad mantener sus espacios de vivienda limpios y confortables. Nos encanta ver los dormitorios, que son arreglados y pintados de una púrpura pálida, las paredes adornadas con dibujos de princesas de Disney y otros personajes de caricaturas. Los juguetes son de esos tipos que animan a jugar en grupo – como Barbies y casas de muñecas – mientras los techos altos y ventanas grandes dejan que entre una alegre cantidad de luz natural. Santa Inés, sin duda, es uno de los hogares mejor mantenidos que he visto en mis viajes con Children Incorporated.

Caras felices en la Ciudad de México

Finalmente, llegan las niñas. Son energéticas, extrovertidas y ansiosas por conocer a Luis y yo. Almorzamos con ellas una mezcla de carne y vegetales con frijoles. Parece que las chicas son muy amadas y queridas por las Hermanas y los voluntarios a su alrededor, quienes les ayudan con su comida. Miramos mientras las niñas juegan en el patio entre el comedor y las puertas. Se columpian, se deslizan, dibujan con tiza – y hasta juegan con hula hulas.

Fue difícil quitarnos de una escena de tan energética harmonía, pero me sentía bien al saber que estas chichas especiales son tan bien cuidadas en el corazón de una ciudad tan grande, y a veces impersonal.